La tienda “Tostao” ubicada junto a la estación de las Aguas era más triste ese día, llovía a cantaros y decidió refugiarse ahí mientras el cielo se desbordaba. Los habitantes de calle que generalmente pedían alguna moneda en ese sitio, esa tarde solo parecían querer buscar silencio.
Luego de muchos años de dolor, especialmente ese último que le había traído la pérdida total de su existencia, decidió por fin salir de su encierro y recorrer las calles que desde siempre fueron suyas; pero el clima tenía otra idea y así, sin más, el diluvio cayó sobre la ciudad. Monserrate invitaba a la melancolía y los estudiantes de los Andes parecían hacer caso omiso al torrencial y paseaban entre risas sin reparar en minucias.
Un “americano” de nueve onzas y el infaltable cigarrillo eran la compañía ideal para esa tarde, eso y el ataque instantáneo de sus recuerdos, varios alegres y muy tristes el resto. La soledad ahora era total, no vislumbraba un futuro y la añoranza de esa piel traslucida ahondaban más su sinsabor. No, no era capricho o situación momentánea, eran muchos años de espiral descendente, sin comprensión, sin apoyo, luchando a diario por encontrar lo bonito de las cosas, sin embargo, cuando creía que todo iba a estar bien, alguna nueva tragedia atravesaba su transitar. Los meses anteriores solo habían profundizado su declive, perdió la que él consideraba su única tabla de salvación, su salvavidas y el Ángel de la guarda que lo protegía de los ataques inclementes de su realidad…, pero se fue…, ¿amigos? Escasos, uno o dos, y trabajo, bueno, siempre le tocó luchar por sobrevivir y apoyar su hogar, con poco, pero con sacrificio lo intentó. Grupos y todo lo que amaba se había marchado y ahora, a tres cortes de pelo de morir, se encontraba atrapado en una cárcel formada por el abandono.
No reía, nunca más volvió a escribir, vivía en “automático”. Cada mañana se despertaba pensando en “para qué” …, de nada había servido tanto esfuerzo y compromiso, al final, nunca se valoró y menos estuvo a su altura, no era su culpa, ella tenía que avanzar y como bien se lo dijera varias veces: él era un lastre, un fracasado y un estorbo en esos planes.
Y lo convenció después de varios lustros.
Hundido en esos pensamientos, no sintió el raponazo certero que se llevó el viejo reloj que siempre atesoró, y no, no reaccionó, no corrió ni hizo escandalo; algo más que se va, fue su único pensamiento. La lluvia empezó a bajar y decidió entonces dirigirse a la Concordia y al Chorro un rato, tal vez algún cuentero o los saltimbanquis de siempre, lograrían acallar por un momento su mente y esa voz oscura que siempre lo acompañaba. Despacio dirigió sus pasos, lento, saboreando la llovizna, observando sin mirar la gente y sus premuras: -no todos
los libros son iguales o dicen lo mismo (pensaba), igual, cada persona tiene una historia diferente, no todos cuentan con la misma fortuna, caviló-
De pronto, la misma voz gutural en su cerebro, “acaba, ya no hay más” …, una lágrima escapó sin querer al mismo tiempo que desde lo profundo de su corazón otra voz más suave repetía “aún hay más, vales”
Intentando acallar esos coloquios internos que a cada rato lo enloquecían, bajó hasta donde doña Ceci, y aunque hace años no bebía, pidió un trago para simular que estaba cuerdo. El bullicio de los universitarios no le permitió estar en paz, pagó y salió…, aquel trago aún lo estará esperando. Pasó por la Bruja, salió a la Catedral, se enrutó hacia la décima y andando llegó a la basílica del voto. Muy deteriorada la encontró, nada que ver con las glorias de antaño, recordó que ahí mismo casi cincuenta años antes, papá y mamá habían celebrado su boda, pero ya no era ni el reflejo de los setentas. El eco de no escuchar nada le agradó, elevó alguna plegaria y simplemente se sentó a seguir recordando: el colegio, la universidad, los amigos, la alegría…, 29 años habían pasado desde el inicio de su viacrucis, sin entender, sin saber, sin un por qué.
La vida de calle y de malandro que lo acompañara al principio de sus veinte, y luego de replantearse esa existencia, dio paso a un protector, a un buen ser humano, a un pendejo que siempre puso el corazón por encima de cualquier cosa, leal a morir, y noble como el Chapulín. Pero ahora, pensaba, eso no importaba a nadie, su situación lo decía…, de esos muchos a los que apoyó y ayudó, nadie ahora lo recordaba, pero, le daba igual, no lo había hecho por exaltaciones, solo quiso estar ahí y ya; solo pensaba en esa paradoja de la vida.
El cielo se calmó y empezaba a despejarse, subió de nuevo por el parque renacimiento, el otrora “cartucho”, y evocó la época en donde junto “al flaco”, se hacían valer en ese gueto. Sin proponérselo, llegó al San Bartolomé y emprendió de nuevo un caminar hacia el norte siguiendo la línea anacrónica que marca la Séptima. Cuantas personas en depresión como él, habrían recorrido esa misma carrera en tantos siglos de existencia. Que testigo tan hijueputa es la historia.
Como si el tiempo se hubiera detenido, se encontró de pronto en el túnel de la Javeriana, lo atravesó y al llegar a la 42 con Caracas, descubrió que su andar había terminado, era momento de volver al viejo cuarto húmedo que era su refugio añorado en estos tiempos, tal vez y porque no, al igual que su andar, su vida también lo dejará descansar esa noche.
No sabía pues que pasaría más adelante, los charcos dibujados en el asfalto, solo le gritaban mudos, que las leyendas de amor, también morían y se perdían en el olvido. De mí pa mí.
AUTOR: FERNANDO VANEGAS MORENO (COLOMBIA)
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Fernando Vanegas Moreno, Nació en Bogotá (Colombia). Periodista egresado de la Universidad Los Libertadores. Escritor y consumado estudioso de la historia de Colombia. Fundador de la Revista Literadura. Asesor y colaborador permanente del Blog Idiota Inútil y de Escritores Rebeldes.
